El Teatro del Miedo: Por qué Colombia necesita un salario mínimo de dos dígitos (y por qué los gremios tiemblan)

Diciembre en Colombia tiene dos rituales inamovibles: la novena de aguinaldos y la liturgia del miedo en la Mesa de Concertación Salarial.

Año tras año, vemos la misma obra de teatro. A un lado, las centrales obreras pidiendo el cielo (este año, un 16%); al otro, los gremios empresariales (Fenalco, ANDI) ofreciendo migajas «técnicas» (un 7,2%) y profetizando el apocalipsis económico si nos atrevemos a cruzar la línea roja. En el medio, un Gobierno que hace malabares entre la política y la calculadora.

Pero este año, en Ideas de Doble Filo, vamos a cortar el telón de fondo. Porque si miramos los datos fríos —no los titulares alarmistas, sino la evidencia empírica de 2025— descubrimos que la ortodoxia económica nos está vendiendo un fantasma. Aumentar el salario mínimo sustancialmente no solo es posible; es estratégico.

Filo 1: La Mentira de la Espiral Inflacionaria

La tesis de Fenalco y de los centros de pensamiento tradicionales (Fedesarrollo, ANIF) es simple y elegante: «Si subes el salario por encima de la inflación + productividad, generas más inflación». Suena lógico. Es lo que enseñan en Economía 101.

El problema es que el mundo real ya no funciona así.

Miren los datos que nadie quiere discutir en voz alta. El Gobierno Petro decretó aumentos del 16% (2023) y 12% (2024). Según la teoría del miedo, hoy deberíamos tener una inflación desbocada. ¿La realidad? La inflación ha caído en picada hasta el 5,30% en noviembre de 2025.

¿Cómo es posible que con aumentos de dos dígitos la inflación baje? Porque la inflación reciente de Colombia no fue impulsada por los salarios de la señora que sirve tintos o el obrero de la construcción. Fue impulsada por costos externos, tarifas de energía y, crucialmente, por lo que la economista Isabella Weber llama la «inflación de los vendedores»: empresas que subieron precios por encima de sus costos para blindar sus márgenes de ganancia.

Hoy, el sector financiero reporta utilidades acumuladas de casi 100 billones de pesos a octubre de 2024. Hay un «colchón» de rentabilidad en la gran empresa que puede absorber el aumento salarial sin trasladarlo a precios. El miedo a la inflación es, en realidad, miedo a la redistribución de esas utilidades.

Filo 2: La Trampa de la Productividad (El 0,91%)

El dato técnico que los empresarios usan como escudo es la Productividad Total de los Factores (PTF), que el DANE ubicó en un raquítico 0,91% para 2025. Su fórmula es: Inflación (5,3%) + Productividad (0,91%) + Margen = 7,21%. Todo lo demás, dicen, es populismo.

Aquí es donde aplicamos el filo estructural. Culpar al salario mínimo de la baja productividad es una estafa intelectual. La productividad en Colombia no es baja porque el trabajador gane mucho; es baja porque la economía sigue dependiendo de rentas extractivas, baja inversión tecnológica y alta informalidad.

Condenar al trabajador a un aumento del 7% es condenar a la economía al estancamiento. ¿Quién va a comprar los productos de las empresas si los salarios reales no crecen? El aumento del salario mínimo es una inyección de demanda agregada directa a la vena del consumo popular. Si no hay plata en el bolsillo de la gente, no hay ventas en la caja registradora de Fenalco. Es una ironía que el gremio de comerciantes sea el que más se opone a que sus clientes tengan dinero.

La Estrategia Oculta: Desindexación y el «Efecto Faro»

El verdadero riesgo técnico no es el salario en sí, sino el «Efecto Faro»: que el aumento del mínimo contagie a los arriendos, multas, peajes y servicios.

Pero aquí el Gobierno ha jugado una carta maestra que los medios ignoran: la desindexación. Ya se han desligado cerca de 188 cobros del salario mínimo, atándolos a la inflación básica (UVT o UVB). Esto significa que podemos subir el salario un 10% o 12% sin que los arriendos o las multas suban en la misma proporción. Hemos creado un cortafuegos técnico que permite la justicia social sin el castigo inflacionario.

El Desenlace: La Política vence a la Técnica

La propuesta del Ministro Benedetti de hablar de $1.800.000 generó pánico. Fue una jugada de «Anclaje»: tiró una cifra alta para que el 11% o 12% parezca razonable.

Y esa es la cifra a la que debemos apuntar. Un aumento de dos dígitos (entre 10,5% y 11,5%) es técnicamente absorbible gracias a la caída de la inflación y políticamente necesario.

  • A los empresarios: Dejen de llorar sobre la leche derramada. Sus márgenes aguantan, y necesitan consumidores con capacidad de compra, no siervos empobrecidos. La evidencia de España, Alemania y México demuestra que pagar mejor no quiebra países; los moderniza.
  • Al Gobierno: No les tiemble la mano con el decreto. Tienen la evidencia empírica de su lado: subieron los sueldos y bajaron los precios. El experimento funcionó.

Para 2026, Colombia no necesita «prudencia» ortodoxa que disfrace la desigualdad. Necesita un choque de dignidad que, paradójicamente, puede ser el mejor motor para la reactivación económica que tanto reclaman quienes hoy se niegan a pagar.

El salario mínimo no es un regalo; es el precio de la estabilidad social. Y a veces, lo barato sale caro.

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