Colombia no está en ruinas: nos meten miedo para regresar a la ortodoxia y su modorra

Faltan dos semanas para el 7 de agosto y la maquinaria ya está encendida. José Manuel Restrepo, vicepresidente electo, habla de “herencia maldita” y de una “profunda destrucción institucional”. Abelardo de la Espriella lo resume con menos tecnocracia y más martillo: “el país que recibimos es un desastre”.

El libreto no es nuevo. Primero se declara la ruina. Luego se exige cirugía de choque. Después se presenta como inevitable el regreso al mismo modelo que Colombia ya probó durante décadas: disciplina fiscal para los de abajo, confianza inversionista para los de arriba, deuda externa como correa de dependencia, extractivismo como destino, austeridad como virtud moral y crecimiento mediocre como prueba de responsabilidad.

Ese es el truco. No están describiendo solamente una economía. Están preparando el terreno para desmontar una apuesta.

Y la apuesta que quieren desmontar merece ser defendida.

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Hipotecando la Patria: El Costo Real de las Diez Megacárceles de Abelardo

Esta no es una discusión entre mano dura y candidez pública. Tampoco es una defensa del INPEC. El sistema penitenciario colombiano necesita una reforma de fondo, y la necesita hace años. La pregunta es otra: si Colombia tiene plata escasa, justicia saturada, cárceles hacinadas y crimen organizado con capacidad infinita de reclutamiento, ¿la mejor forma de gastar el dinero público es construir diez megacárceles al estilo Bukele?

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Llegó el momento de la verdadera elección de los abelardistas.

Comparto este ejercicio de memoria, una reflexión y una invitación para los que celebran su victoria con violencia, serán los responsables de lo que suceda en los próximos 4 años.

He estado haciendo un ejercicio de memoria sobre el día en que ganó las elecciones Gustavo Petro. En ese momento, hace 4 años, vivía yo en Medellín. Era impensable llevar un afiche de él en el carro, lo cual se me hacía indignante y el signo de la intolerancia que gobernaba oculta en esa simpática ciudad. Pero tenía esperanza en mis compatriotas: el péndulo de la democracia se liberaba por fin.

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