Llegó el momento de la verdadera elección de los abelardistas.

Comparto este ejercicio de memoria, una reflexión y una invitación para los que celebran su victoria con violencia, serán los responsables de lo que suceda en los próximos 4 años.

He estado haciendo un ejercicio de memoria sobre el día en que ganó las elecciones Gustavo Petro. En ese momento, hace 4 años, vivía yo en Medellín. Era impensable llevar un afiche de él en el carro, lo cual se me hacía indignante y el signo de la intolerancia que gobernaba oculta en esa simpática ciudad. Pero tenía esperanza en mis compatriotas: el péndulo de la democracia se liberaba por fin.

Fueron meses de intensa campaña que, como siempre, hago por convicción y con recursos propios. No pertenezco a ningún partido, ni entonces ni ahora. Años atrás fui del incipiente Partido Verde, desde los tiempos de Mockus a la Alcaldía, por quien hice campaña entregando girasoles en las universidades — ganamos y transformamos la ciudad. Después, ya con aval del partido, fui candidato a Edil por Usaquén y perdí por goleada frente a la maquinaria de Cambio Radical bajo la alcaldía de Peñalosa. Lo cuento porque nunca he votado por comodidad ni por pertenencia; he votado, ganado y perdido, siempre por convicción.

Antes, siempre voté para la presidencia en contra de los de siempre. Voté por seres como Carlos Gaviria, y siempre había perdido, hasta que voté por Santos contra Zuluaga — pero yo voté en ese momento por el Acuerdo de Paz, por un camino diferente al que habían impuesto los señores de la guerra, los oligarcas y los narcos, y que era evidente que no había funcionado. Santos era lo de menos; era lo que había que obviar para lograr un objetivo que tenía que ver con otros, con las víctimas, con las comunidades azotadas por décadas de guerra. Voté por ellos, no por un candidato ni por mis intereses directamente.

Y hace 4 años lo hice con la misma idea. Votaba por los pobres y menos favorecidos; fue una decisión altruista que tomamos muchos — lo hablábamos, sabíamos que íbamos a pagar más en impuestos, que a la larga los subsidios y apoyos no serían para nosotros, que íbamos a elegir para que otros ganaran en la vida: los campesinos, los firmantes, los trabajadores. Y por fin llegó una victoria completa.

Décadas de frustración e inconformidad, de resistencia y aguante, recibían por fin una victoria. Debo aclarar que, siendo siempre de izquierda, nunca había votado por Petro, ni para Alcalde ni para Presidente (sí para congresista — en mi blog tengo entradas donde lo explico). Pero hace 4 años lo hice convencido de que era la mejor alternativa frente a la godarria clasista colombiana y a la narcoligarquía y su aparato paramilitar. Di mi voto con convicción y hoy no me arrepiento. Fue lo correcto. Nunca esperé un cambio de 180 grados en el país, ni del 100% del Estado, ni siquiera del 50%. Era realista.

Comparto todo esto como contexto, porque a pesar de décadas soportando gobiernos que nos hundieron en un bucle retardatario —guerras inútiles, un aparato burocrático que blinda la corrupción, un poder que aprendí a tolerar como dueño y usufructuario de la violencia sistémica y la fractura social— no recuerdo que el día que ganó mi candidato, ni yo ni nadie de mi círculo saliéramos a insultar a quienes habían perdido, mucho menos a atacarlos o amenazarlos, ni que intentáramos, en medio de la euforia, amedrentarlos con señalamientos disfrazados de chistes degradantes o discriminatorios.

En mi ejercicio de memoria, no recuerdo que la victoria de Petro me haya sumergido en una turba de alevosos violentos amenazando con destripar, bombardear, perseguir o encarcelar a quien hubiera opinado y pensado diferente, o votado por el corrupto —luego condenado— Rodolfo Hernández, o por quienes hubieran votado y mantenido, por décadas, a los dueños del aparataje corrupto estatal que aún hoy persiste.

Precisamente por no haber experimentado tal pulsión de violencia y muerte, a pesar de haber soportado por décadas el saqueo de gobiernos diferentes a mi opinión y orilla política, es que no entiendo ni acepto lo que hoy está pasando: el talante degradado y el ánimo odioso de quienes apoyaron al candidato bendecido por Trump —palabras del propio Trump— y respaldado por sectores de la narcoligarquía colombiana. Fuad Char lo respaldó abiertamente, y Carlos Lehder, el fundador del Cartel de Medellín junto a Pablo Escobar, hizo un llamado a votar por él.

Nada justifica las amenazas, el comportamiento violento y el odio que despiden muchos de los seguidores más exaltados de De la Espriella. Sus formas agresivas y sus actos, que rozan lo criminal, no son aceptables ni pueden permitirse, y tampoco deben transigirse ni tolerarse: no tienen derecho ni razón para comportarse con tal bajeza y cinismo.

Honestamente no creo que en el fondo estén hechos de esa esencia grotesca y primitiva; creo, más bien, que han sido ligeros y desprevenidos frente a una orquestación audiovisual, mediática y digital que los conectó con una propuesta que los contaminó con esa hiel.

De otra forma no se explica que, en un país ahogado, harto y hediondo de sangre y guerra, su opción sea regocijarse por apoyar y lograr la victoria de la opción que insiste en ese mismo camino, y que además lo hagan desfigurados de odio, inquina y rabia inyectada, de forma descarada y exaltada.

Es hora de sacudirse, mirarse al espejo y decirse cruda, valiente y honradamente si eso es lo que en realidad son, y si eso es lo que están dispuestos a legarles a sus hijos y nietos.

Porque, independiente de quién haya ganado, ellos —los más jóvenes hoy— serán quienes juzguen la inteligencia, altura y responsabilidad de lo que suceda en estos próximos 4 años. Desangre o concordia, muerte o conciliación, guerra o acuerdos, violencia o democracia, estupidez o razón, vida o persecución… esa es la verdadera elección luego de la victoria.

Es momento de recobrar la cordura y la conciencia. Está en sus manos lo que van a mostrar como grandeza en esa victoria. ¿Qué tipo de país quieren para vivir en estos 4 años que vienen?

Porque deben tener claro —lo digo con lucidez, sin exaltación— que los millones de colombianos que pensamos distinto a ustedes, que nos oponemos al proyecto que trae De la Espriella, no nos vamos a ir de nuestro país, que también es el suyo. No somos borregos para el matadero: durante años hemos vivido en medio de la hostilidad hacia nuestras ideas, así que no nos aterra la idea de resistir y luchar por una democracia y un país amplio, grande y libre para todos, con sus convicciones y sueños, sin importar el color o la orilla de donde vengan.

Y como hace 4 años, deseo y pido que en los próximos 4 logremos seguir viviendo en la diferencia, no morir por ella.

Es momento de aterrizar y calmar los ánimos, de tener carácter, actuar como buenos ciudadanos y dar la pelea en paz y con argumentos. Ya la campaña terminó, se acabó el show: es hora de comportarse como gente adulta de mente y grande de espíritu. Colombia nos necesita a todos.

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