Esta no es una defensa ciega de Iván Cepeda ni una condena emocional de Abelardo De la Espriella. Es una toma de posición. Y precisamente por eso debe ser clara: voy a votar por Cepeda porque, después de comparar propuestas, discursos y riesgos democráticos, considero que es la mejor opción institucional, social y democrática para Colombia.
No voy a fingir neutralidad, aunque me baso, eso sí, en una investigación imparcial.
Voy a votar por Iván Cepeda.
Pero tampoco quiero pedirle a nadie que vote desde la fe, desde el miedo o desde la obediencia tribal. Esa es, precisamente, una de las enfermedades de esta campaña: demasiada gente quiere que votemos contra un monstruo, no a favor de una idea de país.
Por eso hice este ejercicio.
Durante los últimos días revisé 64 fuentes de información, usé dos IA de manera cruzada y bajo caracterizaciones anti sesgos, centrando el ejercicio en propuestas, afirmaciones públicas, discursos de campaña y análisis disponibles sobre los dos candidatos que llegan a la segunda vuelta presidencial: Abelardo De la Espriella e Iván Cepeda. La pregunta inicial era sencilla, pero incómoda: ¿son realmente dos extremos equivalentes?
La respuesta corta es no.
La respuesta larga encontrada está en la investigación completa que dejo enlazada al final de esta entrada.
Pero quiero resumir aquí lo esencial.
El falso equilibrio de “los dos extremos”
Colombia encontró una frase cómoda para no pensar demasiado: “los dos son extremos”.
Suena equilibrada. Reparte culpas. Tranquiliza al centro. Permite decir que todo está perdido, que todos son iguales y que lo más sensato es votar con rabia, con miedo o con resignación.
Pero esa frase es una trampa si no se analiza con método.
Una cosa es que dos candidaturas generen miedo en sectores distintos de la sociedad. Otra muy distinta es que representen el mismo tipo de riesgo para la democracia.
A un empresario puede darle miedo una reforma tributaria progresiva. A una víctima del conflicto puede darle miedo el desmonte de la justicia transicional. A una comunidad ambiental puede darle miedo el fracking. A una familia golpeada por la extorsión puede darle miedo una política de paz que no funcione. A un joven le puede dar miedo una política de seguridad que trate la protesta como amenaza.
Todos esos miedos existen.
Pero no todos pesan igual.
El miedo es una emoción. El riesgo democrático debe ser una evaluación.
Ese fue el punto de partida de la investigación: separar el miedo subjetivo del riesgo institucional. Separar lo que incomoda a un sector de lo que puede debilitar garantías, controles, derechos y reglas constitucionales.
Lo que encontré
Después de revisar el contraste entre ambos candidatos, mi conclusión es esta:
De la Espriella y Cepeda no representan riesgos equivalentes.
Sí hay polarización en ambos campos. Sí hay lenguaje duro en ambos lados. Sí hay exageraciones, acusaciones y miedo político circulando alrededor de las dos candidaturas. Sí, Cepeda tiene riesgos reales: viabilidad fiscal, gobernabilidad, continuidad con el gobierno Petro, capacidad de ejecución y una agenda social ambiciosa que debe aterrizarse con mayor precisión.
Pero esos riesgos no son iguales a los que aparecen en la candidatura de De la Espriella.
El proyecto de De la Espriella se apoya en una promesa de orden inmediato: mano dura, megacárceles, ruptura con la política de paz, confrontación militar más agresiva, reducción fuerte del Estado, expansión de hidrocarburos, apertura al fracking y cuestionamientos profundos a la justicia transicional.
Ese paquete no puede analizarse solo como “derecha fuerte”. Hay que preguntarse por sus efectos sobre el Estado de derecho.
¿Qué pasa con el debido proceso?
¿Qué pasa con la JEP?
¿Qué pasa con los controles judiciales?
¿Qué pasa con los derechos de las comunidades en territorios militarizados?
¿Qué pasa con la protesta social?
¿Qué pasa cuando el adversario político empieza a ser descrito como enemigo de la patria?
La seguridad importa. Mucho. Sería absurdo negar el miedo ciudadano frente a la extorsión, el crimen organizado y los grupos armados. Pero una democracia no se salva debilitando sus garantías. Y una política de orden sin límites claros puede convertirse en una política de fuerza contra todo lo que incomoda.
Lo que sí me preocupa de Cepeda
Votar por Cepeda no exige idealizarlo.
Al contrario: si uno vota por él desde una postura racional, debe reconocer sus puntos débiles.
Me preocupa la viabilidad fiscal de varias de sus propuestas sociales. Me preocupa la capacidad real del Estado para ejecutar una agenda tan amplia. Me preocupa que el progresismo colombiano a veces confunda superioridad moral con capacidad de gobierno. Me preocupa la continuidad con errores del gobierno Petro. Me preocupa que una política de paz integral fracase si no logra combinar diálogo, presencia territorial, justicia, seguridad y autoridad legítima.
Esos riesgos existen.
Pero, después de compararlos, los veo como riesgos discutibles dentro del marco democrático. Son riesgos de ejecución, gobernabilidad, financiación y eficacia pública.
No son, en lo esencial, riesgos de demolición institucional.
Y esa diferencia importa.
Cepeda ha movido su programa hacia una posición más institucional: descartó la constituyente como camino inmediato, reemplazó la idea de paz total por una paz integral, habla de acuerdo nacional, reconoce la Constitución de 1991 como marco y plantea reformas dentro del sistema democrático.
Eso no lo vuelve perfecto. Lo vuelve preferible.
Mi razón de fondo
Voy a votar por Cepeda porque creo que, entre las dos opciones reales, representa mejor la defensa de los derechos, la democracia constitucional, la paz territorial, la justicia social y la posibilidad de corregir sin destruir.
No voto por él porque crea que resolverá todo.
No voto por él porque ignore los problemas del petrismo.
No voto por él porque piense que la izquierda tiene siempre la razón.
Voto por él porque, frente a la alternativa, su proyecto ofrece más posibilidades de tramitar los conflictos dentro de la democracia y menos incentivos para convertir el poder en castigo.
Esa es mi lectura.
Y prefiero decirlo así, con claridad, antes que esconder mi posición detrás de una falsa neutralidad.
No votar desde el miedo, sino leerlo
Esta elección no se trata de escoger entre el miedo y la esperanza. Esa fórmula es demasiado simple.
Se trata de mirar qué miedo nos están vendiendo, quién lo produce, qué intereses lo alimentan y qué instituciones quedarían en pie si ese miedo se convierte en mandato.
No todos los miedos son iguales.
No todo discurso duro es autoritarismo.
No toda reforma social es comunismo.
No toda política de seguridad es fascismo.
No toda crítica a la izquierda es odio.
No toda crítica a la derecha es sectarismo.
Pero cuando una candidatura combina punitivismo, promesa de autoridad inmediata, desprecio por la justicia transicional, reducción drástica del Estado y lenguaje de enemigo interno, el riesgo democrático no puede tratarse como una simple diferencia ideológica.
Y cuando otra candidatura propone reformas sociales ambiciosas, paz territorial, justicia fiscal y fortalecimiento de derechos dentro de la Constitución, sus riesgos deben ser examinados, sí, pero no equiparados automáticamente con los anteriores.
Esa es la diferencia que intento mostrar en la investigación completa.
No para que todos piensen como yo.
Sino para que discutamos mejor.
Porque votar no debería ser repetir el miedo que nos entregan listo para consumir. Votar debería ser preguntarse qué país queda al día siguiente.
Yo votaré por Iván Cepeda.
Y lo haré no desde la obediencia política, sino desde una convicción racional: en esta segunda vuelta, es la opción que mejor defiende la democracia social, los derechos y la posibilidad de un país menos cruel.
