Hacer terrorismo es muy fácil, es como cuando sale un forúnculo: de la nada, silencioso, pequeño respecto al resto del cuerpo, pero doloroso, incómodo, peligroso, ponzoñoso, profundo, es capaz de que duela incluso lejos de su epicentro, y casi siempre persistente. Es parte del cuerpo, una anomalía inherente a todos los organismos, en unos latente tan solo, en otros evidente, viviente, pero nadie lo quiere, no es bueno ni agradable, produce una herida que se inflama, que sangra; sin embargo, no nos cortamos la pierna ni el brazo ni nos quitamos el pedazo de carne donde anida, sino que lo combatimos, exactamente: lo tratamos, lo drenamos y limpiamos hasta que sana.
No es nada agradable, ni como se escucha, ni como se ve, ni como se siente. Pero está ahí, es real y pasa, hay que afrontarlo. Sigue leyendo
