Los muertos en la casa limpia

Al principio fueron 4. Quedaron tirados en una zanja; dijeron que como que eran ladrones… Pero una muchacha y una viejita que abrazaban a uno de los muertos decían que Antonio trabajaba en los potreros de la otra vereda, que ni un huevo se había robado nunca.

A las semanas fueron 8, los dejaron amontonados en un lote a las afueras, unos dijeron que de esos muertos 3 habían sido guerrilleros… Lejos, hubo gente que exhaló con fuerza y dijo que el que la hace la paga, mientras chirriaba el cuero del sillón bajo el peso de su terso culo.

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Cuatro días en campaña, resultados.

Muchas gracias a todos los que me han escrito y llamado para preguntar sobre los resultados de mi corta campaña para la consulta interna del Partido Alianza Verde​ Quise esperar hasta tener los resultados consolidados, de acuerdo a cuocientes y umbral para saber quiénes pasaron en la cohorte. Aún no se ha dado esa información.

Mientras tanto, aprovecho para contarles que cerré el sábado a las 7pm mi campaña en Verbenal II, abajo del Codito, un par de barrios con una gran población de inmigrantes a la ciudad, y con estratificación 1 y 2. Allí esperé el cierre y el conteo de votos, junto con mi testigo electoral, y junto a varios «asesores» de candidatos del sector, entre los que destacaban dos, uno por su ansioso discurso de que había avales para ediles con el partido Opción Ciudadana para los que se quemaran, que sin consulta iban a listas de octubre; el otro, ‘El mocho’, quien no emitió sonido alguno desde las 5:30pm hasta las 7pm que me fui de la calle cerrada donde estaban las mesas, tal y como en La Carolina, frente a las puertas de un colegio distrital.

‘El mocho’ estaba rodeado de 5 muchachos de entre 14 y 18 años, tenía una camisa leñadora blanca, roja y azul que se apretaba en el abultado abdomen del asesor, y sobresalía del chaleco acolchado azul oscuro que dejaba ver con claridad el porqué de su sobrenombre. Sigue leyendo

Gustavo Cerati sin comas ni puntos finales. La persiana aún no se cierra.

Tenía 11 años cuando los escuché por primera vez, Persiana Americana. Fue como si me desocuparan por dentro y luego me llenara un rayo. Como si me hubieran sembrado en el alma un cohete en pleno despegue. Soda Stereo, dijo el «capi» Romero por 88.9fm. Mi corazón y mi mente no volvieron a ser los mismos ya. Pensé, – todo estará bien cuando pase el temblor– no sabía a qué me refería, pero así fue, para mejor, como por telekinesis, mi cabeza y mi corazón se movieron a otro ritmo.

El mundo creció en ese momento, empecé a entender que podía sentir diferente, ya no más sobredosis de tv. Había mucho por hacer. Ese fue el inicio, pero siguieron más años de música y compañía. Te hacen falta vitaminas no era bulling, era un himno de la hora de descanso en el colegio y de ahí a las fiestas de amigos, fogatas, mini TKs, quince años, bazares…, en la época del «tropel» colegial con el contrincante de amores colegiales, nada personal en realidad, luego podía terminar siendo mi mejor amigo; en fin, en todo evento importante de la vida, Soda Stereo estaba de banda sonora. Y luego, como el motor, el misil que movería sueños, curiosidad y sentimientos profundos: las primeras clases de batería, tardes enteras de transcribir letras, cantar, y vamos, hombre al agua con los conciertos en el ante-jardín de la casa, camisa de seda, corte de pelo honguito, prendedor con cadena… ¡que pinta! (?)

Con la música de Soda, con su impulso, también aparecieron las musas cantando bajo la luna roja, los amores imposibles, los alcanzados y los caídos, hablaba el corazón delator anunciando que llegaba la subida, la zarandeada, la cumbre en la montaña rusa de emociones que a los 15 años domina al cuerpo. Sigue leyendo