La manera en que los gobiernos manejaron la crisis sanitaria de 2009, sin embargo, tuvo efectos negativos al largo plazo. “Tras aquella pandemia, hubo una especie de fatiga en la preparación para pandemias”, destacaba Briand. “Al no colapsar sus economías, muchos países pensaron que las pandemias en el siglo XXI no eran tan terribles como las del pasado y después de 2010 no actualizaron sus planes ni reabastecieron su reserva de mascarillas”.
El gobierno de Estados Unidos, por ejemplo, desfinanció el Proyecto Predict, un programa de alerta temprana en el que docenas de científicos y analistas trabajaban para identificar posibles pandemias en países de todo el mundo, incluida China, en septiembre de 2019.
Entonces, en febrero de 2020 golpeó el coronavirus y tomó al mundo por sorpresa.
“A veces las enfermedades infecciosas aceleran la historia o revelan hacia dónde se dirige una sociedad, mientras que otras cambian fundamentalmente su trayectoria”, advierte el historiador Kyle Harper. En su libro El destino de Roma: clima, enfermedad y el fin de un imperio, este investigador de la Universidad de Oklahoma señala que las frecuentes epidemias –como la Peste Antonina, de 165 a 180– interactuaron con las fluctuaciones climáticas para provocar el declive del Imperio Romano.
La historia la escriben no solo hombres y mujeres sino también virus, bacterias, parásitos. “Los microbios son agentes de cambio», asegura el microbiólogo Joshua S. Loomis, autor de Epidemics: The Impact of Germs and Their Power Over Humanity. “La expansión de la peste en Europa en 1347 produjo una reducción tan profunda y rápida del tamaño de la población que la economía de la mayor parte del continente cambió drásticamente en unos pocos años. Significó el fin del feudalismo”.
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