Guerra sin sentido: lo que demuestra la JEP

Las guerrillas no nacieron para tomarse al Estado, ni para cambiar al país, quizá la única con la visión de cambio estructural fue el M19, que rápidamente se dio cuenta del absurdo de matar al pueblo para liberar al pueblo. Las Farc como el ELN y otras guerrillas nacieron para defenderse en grupo de la agresión del Estado y/o recuperar lo que les fue despojado como campesinos o jornaleros por una fuerza política en una región específica (paramilitares como los chulavitas).

No había visión política más allá de la reivindicación de derechos de propiedad y a la vida, a lo sumo, en su lucha. Aun así, no fueron escuchados, fueron perseguidos y combatidos. El malestar creció, el despojo y la persecución no pararon, y las guerrillas crecieron y se salieron de control, incluso para sus propios gestores. 

Apareció, entonces, una generación que solo sabía combatir en el monte, sin saber por qué ni para qué más allá de la supervivencia, solo para preservar su existencia, tener un trabajo y una forma de mantener a las familias que formaban. Eran una empresa en crecimiento. Y como toda empresa, necesitaban generar negocios. Primero negocios como el boleteo, el cuatrerismo, luego, el secuestro y la extorsión.

Sin diálogo, sin tregua, sin acuerdos con el Estado enemigo, mas no su toma el objetivo, la empresa tenía más sentido y creció y creció. Y los paramilitares dejaron las sombras y se revelaron como tal, entonces se amplió el frente de lucha. Necesitaban más recursos, el narcotráfico fue la diversificación definitiva en negocios. Con este, generaron empleos en zonas excluidas y ganaron control territorial, lograron una fuente sostenida de ingresos y un producto propio, ahora tenían estabilidad económica y una fuente directa de recursos para la guerra.

Luego los paramilitares llegaron a la misma conclusión, el narcotráfico era el camino. La guerra se intensificó, el Estado fue y ha sido solo un espectador más, y un actor aislado defendiendo zonas urbanas y sus extensiones rurales, no era el dueño de nada ni el objetivo de nadie. Pero la oligarquía tradicional en el poder, como los paramilitares y las guerrillas, entendieron que el narcotráfico también era su camino.

Quienes no estuvieron de acuerdo se salieron de todos los grupos en conflicto, formaron movimientos políticos, propusieron la salida política y buscaron reivindicar el carácter social de su propia lucha. Los masacraron, hicieron purgas dentro de las guerrillas, como la del ELN, los persiguieron desde el Estado y el paramilitarismo, los mataron uno a uno y en miles. La UP, brazo político de la Farc, fue aniquilada y con ella la posibilidad de un diálogo político que disuadiera a todos los actores violentos de la posibilidad de otro camino distinto al del plomo y la muerte.

Los negocios avanzaron en todos los bandos. Llegó el momento en que las guerrillas dejaron de defenderse y pasaron al ataque, a blindar sus zonas de influencia, a proteger sus negocios, ya nadie les iba a volver a quitar nada. La aniquilación de la UP fue un mensaje para todas las organizaciones armadas: no hay otro camino. Nacieron para defenderse de un Estado corrupto y un poder político cruel y violento, y lo lograron. De guerrillas pasaron a organizaciones delincuenciales bien atrincheradas, su objetivo nunca fue quedarse con el Estado -ahora en manos de una oligarquía traqueta, una narcoligarquía con paramilitares socios- ni tener poder absoluto, no buscaban ser la respuesta política, ni transformar a la sociedad con equidad y Justicia para todos, no, 50 años en las goteras de Bogotá, con control territorial en el corredor del Sumapaz pero sin una sola incursión urbana significativa, sin una sola toma determinante, lo demuestran. 

Ahora, manteniéndose fuera de la Ley, como delincuentes, las ex guerrillas iban a defender lo conseguido, y tenían las armas, el dinero y la fuerza para atacar y mantener a raya a sus enemigos, y a todo lo que oliera a ellos, como no había una visión política ideológica en ellas, le apuntaron a todo blanco institucional sin distingo de color, de Álvaro Gómez Hurtado a Jesús Antonio Bejarano. En tanto, la narcoligarquía hacia lo suyo con los paramilitares en el gatillo, mataban a Jaime Garzón, Manuel Cepeda. Entre cientos de víctimas de uno y otro bando.

Lo importante era desestabilizar a la sociedad en general, mantenerla en caos, estresar al Estado, confundir a la opinión pública. La tenían clara: su problema no era la tranquilidad nacional, ellos estaban por fuera del establecimiento legal, así que la incertidumbre en él no era su asunto, pero sí su ventaja. Los paramilitares les dieron una mano en desarrollar el desastre.

Hoy, gracias a la JEP, esto va quedando claro. Más allá de los juicios de valor, las muertes, el dolor y las pérdidas son lo que puede valorarse en una guerra luego de que el humo baja y las cenizas se enfrían. La confesión de las Farc sobre asesinatos de figuras públicas parece inverosímil desde un punto de vista idealista y casi candoroso de la guerra en Colombia. Pero cuando se leen los hechos, desde la infamia estatal, la mediocridad de la oligarquía del siglo XX y el cinismo de la narcoligarquía del siglo XXI como dueñas del poder, la existencia del paramilitarismo como escuadrones armados de guerra sucia contra sus opositores desde la hegemonía conservadora en los años 30 del siglo pasado, el nacimiento de las guerrillas como cuadrillas de autodefensa campesina contra gamonales y paramilitares, y el surgimiento del narcotráfico para alimentar, sostener y lucrar económica y territorialmente a todos los bandos, y la degradación inhumana y sin sentido político social de todos los frentes en conflicto, entonces se entiende, se despeja, el absurdo de cualquier asesinato. 

Quizá por eso el uribismo le teme tanto a la JEP, más cada día, y más ahora que los militantes de las Farc hablan sin remilgos y destapan el absurdo y el sin sentido de este desangre nacional confesando su estupidez y fechorías absurdas. El uribismo teme que le llegue su turno de grandes confesiones y quede en evidencia que es parte del problema y que la solución lo debilita, que anula su versión de la guerra, que le obliga a reconocer sus fantasmas y a confesar los cadáveres que lleva a cuestas. La JEP es el espejo que no quiere ver, es el camino a la Paz de Colombia pero también el suyo a la derrota. Primero muere la JEP que el uribismo, deben pensar cada mañana.  

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