Lo que une más a Enrique Peñalosa y a Antanas Mockus, por quienes voté en su momento para Alcaldía en Bogotá y para Presidencia en Colombia, es que son muy malos políticos, tal y como el país ha querido entender que es la política. Sus primeros 100 días, incluso su primer año, cuando fueron burgomaestres, se caracterizaron por ser un mar de contradicciones con el Concejo de Bogotá cuya mayoría se les oponía rabiosa y descaradamente, en busca de tajada partidista y de claudicación de ideales a favor de la burocracia acostumbrada, igual que como sucedió con Petro, por quien no voté.
Hace tres años, Mockus y Peñalosa militaban en el Partido Partido Alianza Verde y los separaron la política y sus egos; la llegada de Uribe como apoyo hizo que Mockus, si bien entendía que políticamente convenía la cargada de megáfono del mesías finquero y aceptó que hablara de alianza, al final sintiera que no podía traicionarse a sí mismo y consecuentemente renunciara al Partido, para luego lanzarse a defender sus principios, como tantas veces, desordenada y temerariamente, hablando en el ámbito de la Comunicación y la Estrategia.
Este episodio generó en Peñalosa una reacción, comprensible, de resentimiento y oposición frente a Mockus, lo que quedó en evidencia en varias entrevistas y afirmaciones de ese entonces, que hoy están circulando por las redes. «Mockus es una mala persona», «La Alcaldía de Petro se le debe a Antanas Mockus», «yo no quiero estar ni compartir escenario ni proyecto alguno con Mockus»… son, palabras más palabras menos, el tenor de su comentarios.
Hoy se anuncia la adhesión de Antanas a Enrique en la carrera por dirigir Bogotá, salvarla dicen algunos, yo me rijo por las cifras generales no por solo titulares mediáticos, así que me quedo en que buscan liderarla. De ser así, la aceptación de Peñalosa a este apoyo puede ser sorprendente pero entendible dada la transformación de este en un depredador político en pos de la presa tantas veces perdida: esta vez no se puede escapar, no hay límites (propios -escrúpulos-) que se lo impidan. Pero desde la orilla de Mockus, sorprende y repulsa, sí.
Mockusiano como soy, siempre he querido creer y practicar el «No todo Vale» y «Los recursos públicos son sagrados», además de la bandera de la Cultura Ciudadana, por eso pensar en Mockus en la misma tolda de los partidos Cambio Radical y Conservador es un ejercicio mental absurdo, tanto como imaginarme a Maluma dirigiendo la Filarmónica de Bogotá o al Procurador Ordóñez repartiendo condones en la U. Distrital.
El partido de Vargas Lleras y la familia Char es la mejor muestra del todo vale y el irrespeto por los recursos públicos, que combina con maestría en casi todo el país, no solo por sus avales en las últimas campañas electorales sino por las prácticas de sus líderes y gamonales regionales; mientras que en un país como el que hemos dejado que nos empaquen y vendan eso de ser conservador me parece un contrasentido profundo cuando hay tanto que rehacer y cambiar, con tanto por transformar para mejorar, desde los valores familiares que arraigan el machismo, por ejemplo, hasta el sistema social cuasi feudal que en gran parte del país sostiene un sistema de castas y territorios políticos que administran la riqueza, el bienestar y la convivencia, a favor de quienes ejercen poder basado en la exclusión y la inequidad.
Así que por encima de Peñalosa y Mockus, sus grandes aportes y el legado de sus administraciones, no veo conveniente esta alianza, no la de sus principios sino la de sus egos cascados, y la de sus anhelos con los de los politiqueros que se cobijan tras ellos. Sus principios e ideales me parecen loables y los he apoyado, sin embargo, esta vez no se trata de ellos y sus ideas, sino de quienes están tras ellos, como inversionistas, como socios del negocio. No creo en mesías, santos ni ángeles en política, economía, ciencia ni fútbol, y para estas elecciones no votaré por esta alianza cuya metáfora puede dejarse en que es Caperucita Roja y su Abuela vendiendo la receta de sus tortas, mientras el lobo, en la trastienda, pone la masa y las cocina. Me voy en blanco.