Históricamente hay dos extremos políticos y militares en Colombia. Los dos han usado ejércitos armados directa e indirectamente para tener poder e imponer su orden y autoridad. Los dos han desplazado a personas indefensas para ejercer control territorial y obtener fuerza social y política de eso. Los dos extremos aborrecen la democracia y se nutren de la ignorancia, la desinformación y el miedo que produce el otro.
Un extremo ha cooptado el poder político y manipulado a la gente en las ciudades usando dinero del narcotráfico blanqueando apellidos mafiosos a cambio, el otro extremo ha usado al narcotráfico para financiar su poder rural y ganar un perfil y nivel político que le fue negado por decenios.
Los dos extremos sumieron a Colombia en una guerra que ninguno ganó, pero polarizó al país y lo ha detenido desperdiciando su riqueza y concentrándola en pocas manos y familias.
Uno de los extremos sigue estupidizado en el monte, más bestial e inútil cada vez, debilitado por una fracción suya que desistió y se desmovilizó intentando disfrutar de lo poco ganado en decenios de barbarie.
El otro extremo sigue en pie de lucha usando sus métodos de guerra, desinformación y fraude para mantener su poder y concentración de la riqueza, envalentonado y ebrio por su aparente impunidad.
Los dos extremos son crueles, sanguinarios, narcos y un cáncer para todos los colombianos. Los dos extremos viven del caos, de la división de los ciudadanos y del egoísmo que han sembrado en el país con la inequidad y zozobra permanentes que alimentan para mantener débil a la sociedad que lúcida y unida puede derrotarlos.
En estas elecciones uno de los extremos busca mantener su concentración de poder y manipulación desde la democracia y la institucionalidad, el otro extremo cruza los dedos para que eso suceda y puedan mantener su justificación de lucha armada mentirosa y terrorista.
Para mí en estas elecciones los que ven en Fajardo el centro siguen anclados en una idea de país que hace cuatro años mostró que no es viable a partir de su liderazgo de fórmulas débiles y tibias, puristas y pusilánimes, cuyo poder de negociación es hipócrita (con los narcos y combos se negocia, con los contrarios políticos y sociales aparentemente no).
Este centro mal definido y sus seguidores están anclados en una medianía timorata, no entienden la profundidad del mal que enfrentamos y creen en insistir en fórmulas recurrentes, desgastadas y ralentizadora pero con cubiertas y máscaras nuevas.
No es el centro este centro, es la ficción de una clase de privilegiados menores (como a la que pertenezco) pero exitosamente aconductados por uno de estos extremos, protegidos por este, con el que han vivido bien y gozado por su alienación y que a la larga no quieren poner en riesgo; el cambio auténtico, su posibilidad, los atemoriza, atenta contra la vida y realidad que han conocido hasta ahora.
Ese centro es una ficción que les alivia, Fajardo, y su coalición hoy, es su carnaval de sombras en la caverna, es la puesta en escena que los hace sentir seguros y cómodos.
