Cada vez que un colombiano vota, viaja al exterior o presenta su cédula de ciudadanía, interactúa con un poder tan omnipresente como discreto. Detrás de la logística electoral, la expedición de pasaportes y la gestión de datos sensibles de millones de ciudadanos, se encuentra un nombre que ha trascendido gobiernos y se ha convertido en una pieza inamovible del establecimiento: Thomas Greg & Sons (TGS).
Pero, ¿cómo una compañía privada llegó a fusionarse de tal manera con las funciones más críticas del Estado? La respuesta es una obra maestra de estrategia corporativa y política, un verdadero «doble filo» donde la eficiencia y la indispensabilidad caminan de la mano con la controversia y una red de influencia que desdibuja las fronteras entre lo público y lo privado.
El Epicentro del Poder: Una Familia Discreta
En el corazón de este conglomerado se encuentra la familia Bautista. Los hermanos Felipe, Camilo y Fernando son los dueños de un imperio construido con bajo perfil público pero con un lobby político descrito como uno de los más poderosos del país. Su poder no reside en cargos públicos, sino en la capacidad de tejer relaciones y asegurar que la maquinaria de TGS siga siendo esencial para el funcionamiento del Estado, sin importar quién ocupe la Casa de Nariño.
La Jugada Maestra: Las «Puertas Giratorias» de Alto Nivel
La estrategia más visible y efectiva de TGS para consolidar su poder ha sido la de sentar en su junta directiva a figuras que no solo conocen el Estado por dentro, sino que han sido el Estado mismo. Este fenómeno, conocido como «puertas giratorias», es la clave para entender su influencia.
El caso más paradigmático es el de Juan Manuel Santos. Antes de ser Ministro de Defensa y, posteriormente, Presidente de Colombia, Santos formó parte de la junta directiva de TGS entre 2002 y 2006. Es una trayectoria que ilustra a la perfección cómo los intereses privados de un contratista estratégico pueden llegar a tener un asiento en la más alta esfera del poder público.
Pero no es el único. La lista incluye a personalidades del más alto calibre:
- Noemí Sanín: Una de las políticas más influyentes de las últimas décadas, con una carrera que abarca ministerios clave (Comunicaciones, Relaciones Exteriores) y embajadas en plazas estratégicas como España y el Reino Unido. Su presencia en la junta es un activo invaluable en capital político y relacional.
- Ricardo Lozano Picón: Exministro de Ambiente en el gobierno de Iván Duque y exdirector del IDEAM. Su perfil técnico y su experiencia en el poder ejecutivo aportan un conocimiento profundo de la maquinaria estatal.
Esta no es una simple lista de nombres; es la arquitectura de una red de influencia. Al incorporar a estos exfuncionarios, TGS no solo compra experiencia, sino que también afianza su legitimidad y sus conexiones, asegurando un entendimiento privilegiado de las lógicas y necesidades del que es, a fin de cuentas, su principal cliente: el Estado colombiano.
El Estado: El Cliente Cautivo
El modelo de negocio de TGS es su vínculo más fuerte con el poder. Al dominar por décadas la contratación en áreas tan sensibles como la logística electoral para la Registraduría Nacional y la expedición de pasaportes para la Cancillería, la empresa ha creado una dependencia casi total.
Esta relación ha sido históricamente simbiótica, pero las tensiones recientes con el gobierno de Gustavo Petro la han expuesto como nunca antes. Los intentos del ejecutivo por abrir la licitación de pasaportes a otros competidores se han encontrado con un entramado contractual y una capacidad de presión que han dejado en evidencia la enorme dificultad que tiene el Estado para desligarse de su contratista más poderoso. TGS no solo provee un servicio; defiende un feudo.
El Doble Filo de la Identidad
Thomas Greg & Sons representa la paradoja de la eficiencia y el riesgo. Por un lado, ofrece una capacidad logística que el Estado, por sí mismo, tendría dificultades en igualar. Por otro, su concentración de poder, sus métodos para cultivarlo y los antecedentes judiciales de sus dueños en el extranjero plantean preguntas incómodas y necesarias sobre la soberanía, la transparencia y la competencia.
La próxima vez que sostenga su pasaporte o su cédula, recuerde que ese documento, el símbolo de su identidad como ciudadano, es también el símbolo del poder de una compañía que ha sabido jugar sus cartas con maestría. La pregunta que queda en el aire es si esa concentración de poder en un actor privado es un pilar de estabilidad para el Estado o su mayor vulnerabilidad. Una idea, sin duda, de doble filo.
