Tenía 11 años cuando los escuché por primera vez, Persiana Americana. Fue como si me desocuparan por dentro y luego me llenara un rayo. Como si me hubieran sembrado en el alma un cohete en pleno despegue. Soda Stereo, dijo el «capi» Romero por 88.9fm. Mi corazón y mi mente no volvieron a ser los mismos ya. Pensé, – todo estará bien cuando pase el temblor– no sabía a qué me refería, pero así fue, para mejor, como por telekinesis, mi cabeza y mi corazón se movieron a otro ritmo.
El mundo creció en ese momento, empecé a entender que podía sentir diferente, ya no más sobredosis de tv. Había mucho por hacer. Ese fue el inicio, pero siguieron más años de música y compañía. Te hacen falta vitaminas no era bulling, era un himno de la hora de descanso en el colegio y de ahí a las fiestas de amigos, fogatas, mini TKs, quince años, bazares…, en la época del «tropel» colegial con el contrincante de amores colegiales, nada personal en realidad, luego podía terminar siendo mi mejor amigo; en fin, en todo evento importante de la vida, Soda Stereo estaba de banda sonora. Y luego, como el motor, el misil que movería sueños, curiosidad y sentimientos profundos: las primeras clases de batería, tardes enteras de transcribir letras, cantar, y vamos, hombre al agua con los conciertos en el ante-jardín de la casa, camisa de seda, corte de pelo honguito, prendedor con cadena… ¡que pinta! (?)
Con la música de Soda, con su impulso, también aparecieron las musas cantando bajo la luna roja, los amores imposibles, los alcanzados y los caídos, hablaba el corazón delator anunciando que llegaba la subida, la zarandeada, la cumbre en la montaña rusa de emociones que a los 15 años domina al cuerpo. Sigue leyendo