Tenía 11 años cuando los escuché por primera vez, Persiana Americana. Fue como si me desocuparan por dentro y luego me llenara un rayo. Como si me hubieran sembrado en el alma un cohete en pleno despegue. Soda Stereo, dijo el «capi» Romero por 88.9fm. Mi corazón y mi mente no volvieron a ser los mismos ya. Pensé, – todo estará bien cuando pase el temblor– no sabía a qué me refería, pero así fue, para mejor, como por telekinesis, mi cabeza y mi corazón se movieron a otro ritmo.
El mundo creció en ese momento, empecé a entender que podía sentir diferente, ya no más sobredosis de tv. Había mucho por hacer. Ese fue el inicio, pero siguieron más años de música y compañía. Te hacen falta vitaminas no era bulling, era un himno de la hora de descanso en el colegio y de ahí a las fiestas de amigos, fogatas, mini TKs, quince años, bazares…, en la época del «tropel» colegial con el contrincante de amores colegiales, nada personal en realidad, luego podía terminar siendo mi mejor amigo; en fin, en todo evento importante de la vida, Soda Stereo estaba de banda sonora. Y luego, como el motor, el misil que movería sueños, curiosidad y sentimientos profundos: las primeras clases de batería, tardes enteras de transcribir letras, cantar, y vamos, hombre al agua con los conciertos en el ante-jardín de la casa, camisa de seda, corte de pelo honguito, prendedor con cadena… ¡que pinta! (?)
Con la música de Soda, con su impulso, también aparecieron las musas cantando bajo la luna roja, los amores imposibles, los alcanzados y los caídos, hablaba el corazón delator anunciando que llegaba la subida, la zarandeada, la cumbre en la montaña rusa de emociones que a los 15 años domina al cuerpo.
Ella se llamaba Sofía, pelo castaño, piel durazno y ojos de miel; estaba un año más adelante en el colegio, y en mi cabeza fue la protagonista de los mundos que Cerati me enseñaba. Ahí pude lograrlo, éramos prófugos en una danza rota que entre languis construían signos para sus juegos de seducción. Íbamos hacia la cúpula… Que envideada. Bien, pues no fue, y al final de esa aventura fantástica que se escribió para mí, casi platónica, un «trátame suavemente» fue lo único que quedó, en el momento de la despedida, cuando cae el sol.
Era un sueño, lo fue siempre, pero en esa música ligera, con ella, sucedió. Así es la mente joven y motivada.
Una y otra vez, con luces y sombras, todo era posible en esta ciudad de la furia, con palabras que nunca antes había escuchado y que Cerati inventó, combinó y compuso, y que yo trataba de traducir en experiencias. Pura creación divina, sin fin, sin límites, en el séptimo día incluso. Recuerdo: los lapices baquetas y los libros bombo y redoblante. Las noches de tareas al ritmo de esta voz, de tanta música, fueron, desde entonces, un concierto de planes y proyectos que gobernarían la jornada de estudio, el retiro espiritual, las vacaciones, hasta en medio de la pausa sacra de la semana santa de nuestra fe.
Y el tiempo pasó, y como entre caníbales, hubo que aprender sin dilación, con certeza, a amar, a creer, a perder, a apostar por lo que había, por lo que se era y a escribir como puente y como catarsis. Con palabras prestadas y unas nuevas, llegaba otro momento, la universidad. A los 16 años, esa galaxia era un monstruo de mil cabezas, un laberinto y una pista de despegue. El momento de pensar para el resto del camino. Y el tiempo de los conciertos de Soda en Colombia.
Todos fueron especiales, inolvidables, con amigos, con mi hermana, solo. Pero el mejor fue con mi mamá. Sí, ella también sucumbió a la prosa ceratiana y al bit de Soda. Fuimos juntos al concierto de Soda Stereo en el que alternó con Carlos Santana, uniéndose en un momento para tocar juntos, mientras la lluvia bogotana danzaba pertinaz sobre nosotros, pero no había frío; en dúo de dioses nos bendijeron con varios temas, entre ellos “Exodus” de Bob Marley e “Interplanetary Party” de Santana. Imborrable imagen. Pero la antesala de la separación del grupo.
Pero no fue el final del camino. Aquí tampoco hubo puntos finales. Solo un adios temporal.
Después de años, millas, vida gastada, en otro momento coyuntural, de ruptura, de mucha soledad, Cerati fue mi gran compañía, noches largas con una botella de chardonay barato bien frío, un cigarrillo y una bocanada de nostalgia, boca arriba mirando al techo, lienzo de grumos y claro-oscuros, dudas y pedazos de vida y sueños rotos. Un apartamento viejo, 50m2 pero inmenso para mi vacío, desnudo pero refugio, donde aprendí que perdonar es divino y ahí empezaba el juego en realidad. Época de final feliz y con Soda de regreso.
«Persiana Americana», la primera que escuché, fue no solo una canción de moda en ese momento, fue una nueva geografía en mis sentimientos, para la forma en que quería amar, vivir el mundo, fue la ópera prima de la banda sonora de un nuevo yo que nació en esos acordes. Se inicio el rito de una vida que puedo hoy contar en álbumes de Soda Stereo en un solo, profundo, sensual, provocador, misterioso, seductor, embriagante y ecléctico disco eterno.
Fue la primera de mi relación eterna, de un millón de años luz, con Cerati, que ya hizo el viaje y no va a renovar mi banda sonora más, es una certeza, ahora es un ángel eléctrico, pero me dejó un mundo que sigue retumbando profundo y distinto desde mis tripas, un ritmo único que sigue haciendo marchar a mi alma, y letras que me enseñaron a hablar diferente de mi mismo.
Gracias Gustavo, gracias por la buena Soda. Ya nos veremos. De nuevo, te adelantaste en el camino.
Música que marcó a toda una generación y desde ahí a muchos músicos de escuela y por pasión. Gracias por este viaje musical.