Muchas gracias a todos los que me han escrito y llamado para preguntar sobre los resultados de mi corta campaña para la consulta interna del Partido Alianza Verde Quise esperar hasta tener los resultados consolidados, de acuerdo a cuocientes y umbral para saber quiénes pasaron en la cohorte. Aún no se ha dado esa información.
Mientras tanto, aprovecho para contarles que cerré el sábado a las 7pm mi campaña en Verbenal II, abajo del Codito, un par de barrios con una gran población de inmigrantes a la ciudad, y con estratificación 1 y 2. Allí esperé el cierre y el conteo de votos, junto con mi testigo electoral, y junto a varios «asesores» de candidatos del sector, entre los que destacaban dos, uno por su ansioso discurso de que había avales para ediles con el partido Opción Ciudadana para los que se quemaran, que sin consulta iban a listas de octubre; el otro, ‘El mocho’, quien no emitió sonido alguno desde las 5:30pm hasta las 7pm que me fui de la calle cerrada donde estaban las mesas, tal y como en La Carolina, frente a las puertas de un colegio distrital.
‘El mocho’ estaba rodeado de 5 muchachos de entre 14 y 18 años, tenía una camisa leñadora blanca, roja y azul que se apretaba en el abultado abdomen del asesor, y sobresalía del chaleco acolchado azul oscuro que dejaba ver con claridad el porqué de su sobrenombre. Estuvo casi todo el tiempo recostado en una vieja camioneta Fiat gris oscuro parqueada frente a los puestos. Solo miraba. De tanto en tanto los jóvenes se colaban bajo las faldas de lona que trataban de aislar las mesas y a los testigos dentro de los puestos del resto de nosotros. Iban y le reportaban a ‘El mocho’ los números que se iban dando, con risita de triunfadores y con aire de satisfechos soldados.
Al final, con 246 votos, el número 22 barrió con el resto de los 25 candidatos (29 en el tarjetón pero 2 ya habían avisado de su retiro antes, y 2 de su unión con sendos candidatos). Yo sabía que en ese punto de votación el cero era mi resultado, pero intuía que, como en un juego fractal, de ahí iba a salir el ganador de toda la localidad.
Un candidato que conocí en los puestos de Cedritos, por la Cll146, respaldado por Angélica Lozano y Claudia López, quienes lo cobijaron en sus redes y sus comunicados de campaña, apenas rozó las dos docenas, y sorprendido me contó que en esa zona a duras penas los verdes habían logrado una centena de votos en las últimas elecciones locales. Simultáneamente, un candidato dicharachero, paisa, que conocí en el punto de La Carolina, de buen ánimo pero indignado, me tomó del brazo, luego me llevó aparte y me dijo que había dejado un par de testigos en el sector, porque sabía cómo era el juego, y que estos habían visto a ‘El mocho’ en acción.
Sí, era previsible, hubo almuerzos, transporte y hasta plata en efectivo, incluso se habla de trasteo de votos. Nada raro, solo lo natural de la democracia nuestra y los que saben usarla. ‘El mocho’ y otros asesores son los que ejecutan esas artes. En las esquinas a un par de cuadras ‘reclutan’ a los votantes y los ‘seducen’ con sus contantes argumentos. Organizan el restaurante y pactan el pago. Los muchachos hacen de ‘guías’ y supervisan que los cautivos electores lleguen a la mesa de votación, luego de las de ingestión, sin desvíos. El parlanchín voceador de Opción Ciudadana, hablaba de la estrategia armada con un vecino de la zona, dueño de varios puntos de supermercados de frutas y verduras (Fruter, La Canasta o similar) en Bogotá, que había organizado una jornada de inscripción de cédulas en la localidad, con transporte y almuerzo para los trabajadores y sus familiares, garantizando para JAL y uno de los candidatos al Concejo no menos de 500 votos en octubre. Claro, nada es gratis, algún contrato saldrá.
Y así, ‘El mocho ‘ en silencio, y su equipo de asesoría, esperan a ver el resultado de su labor. Mientras los otros analizamos lo que ha pasado. Mi reflexión: lo que pasó en esta localidad, lo que hoy veo de primera mano y siento en carne propia, es lo que pasa en todo el juego democrático, desde una elección de base como esta, no oficial, hasta en las grandes, las que terminan decidiendo lo que es este país. Descubrí el agua tibia, pero sobre todo corroboré mi idea de lo que está mal: los que no votan, los que no participan. Esos tienen la culpa.
Este sábado que pasó, ganó la democracia tal y como la mayoría ha dejado que sea. Sí. Muchos de nosotros nos indignamos por los que votan por el plato de lechona y el aguardiente. Criticamos esa actitud corrupta y lasciva. ¿Pero cuántos hacen algo? Y no me refiero a ser buen padre o madre, a ser buen hijo, a ser honrados o eficientes trabajadores, todo eso está bien, pero eso no es lo que va a hacer un país mejor para nuestros hijos, todo eso hace que la vida de cada uno, por su lado, funcione, que los sueños de cada uno vayan bien. Así, igual, lo ve el que vota por un almuerzo, o el domiciliario por $20.000, como pasó en La Carolina (se descubrió a tiempo y no se dejó votar al personaje a pesar de los alaridos de la candidata), ellos también están haciendo lo necesario por sus intereses. Cada uno «trabaja por lo suyo», como el asesor verborreíco me lo afirmó un par de veces cuando me insistía en aceptar un cupo en las toldas de su partido. Ser buena persona es el mínimo necesario para el mundito de cada quién, pero lo que el país necesita es muchos, miles, de buenos ciudadanos que actúen en pro de lo colectivo, en coherencia con sus quejas e indignación. Los electores por la fuerza del ‘guaro’ y la lechona sí salen, sí van a votar, ellos no fallan, y en sus manos está la democracia hoy, en su decisión de salir y hacerlo. Y ahí la han dejado los miles que no votan, lo millones que solo se indignan y refunfuñan su desilusión tranzada por indiferencia. Los que tranzan tamal por votos no se desilusionan, consiguen lo que les prometieron.
No nos podemos quejar si dejamos por omisión en manos de los ‘malos’ lo que hay que hacer por el país, por un mejor lugar de vida para nuestros hijos. Lo mínimo que debemos hacer como ciudadanos de bien es votar, salir y respaldar a los ‘buenos’ que están dispuestos a dar la batalla, sin prevendas ni trampas.
Hoy, los que votan y eligen son personas con pocas oportunidades educativas y académicas, con urgentes necesidades por resolver, las que creen en la política del carbohidrato y la caloría, una pista son las elecciones del sábado, en las que Usaquén, una de las localidades con más población en Bogotá, sacó 983 votos, mientras que Ciudad Bolívar, Bosa y San Cristóbal rondaron y/o superaron los 2.000. Chapinero (403) y Teusaquillo (560), con una mayoría de clase media y alta, son un índice de que la indiferencia fitness es la electora principal.
Para mí era evidente que no iba a ganar fácilmente con una «campañita» de 4 días. Obtuve 12 votos, una mitad de mi familia, la otra, amigos que me dieron su tiempo y su confianza. Que gran regalo, un gran compromiso. Este es solo el inicio de un proyecto, pero ante todo es un comienzo de la acción: dejar a un lado la quejadera, la indignación y la indiferencia, y moverme para hacer algo colectivo. Los invito a dar su paso en octubre, a marcar la diferencia. Votar y fiscalizar, veeduría ciudadana y participación en la discusión social, ese es un trabajo que se remunera con un país mejor para nuestros hijos.
Que bien Alejo. Admirable. Esto demuestra aún mas tu valía. «Del dicho al hecho» que a tantos nos toma tiempo, vos diste cátedra. Y de acuerdo con el zarandeo a los que no votan, ellos son los culpables de la democracia del tamal. Esto no se termina acá Alejo. Caminale al Consejo, que vos tenés todo lo que se espera de un buen político.
Carlos, mil gracias por el impulso y la confianza, las aprecio mucho. Seguiré adelante, vamos a ver qué se logra. Con tu apoyo la tarea se hará.
Como usted dice, descubrió el agua tibia. Pero duele más cuando el que pierde con los corruptos –porque eso son: no son ‘buenas personas’– es uno mismo, ¿no?
Todo esto me lleva a pensar, de nuevo y contra la corriente, en que el voto obligatorio resolvería algunos de los problemas del país.
Sí, el voto debería ser un derecho y no un deber, pero la gran mayoría no ha sabido ejercer ese derecho. ¿Y qué ha logrado esta mayoría pasiva, indiferente, indolente? Que las minorías sigan mandando. Y no solo las minorías poderosas que llevan 200 años robándose el país, sino también las minorías emergentes de grupos ilegales (narcotráfico, Farc, bandas, y alguna vez hasta una vendedora de chance ilegal, entre otros).
El poder corruptor y el poder del dinero de todos ellos es inmenso, pero no ilimitado. Si no tuvieran que comprar 500 votos para salir elegidos, sino 5.000, tal vez no la tendrían tan fácil. O, si para el Congreso o una alcaldía no les bastara con comprar 100.000 votos, sino que necesitaran 5 millones, tal vez ni lo intentarían, y el voto de opinión, o al menos el voto no comprado, tendrían más posibilidades de ganar. Y los candidatos sin esas maquinarias limpias o sucias podrían tener esperanzas de salir electos…
De acuerdo, no sabemos ser libre y cumplir los deberes que eso implica. Desperdiciamos la potencialidad de nuestros derechos. El Voto obligatorio es una alternativa que hay que probar, por lo menos sería diferente y así podríamos sacar conclusiones de lo que se ha hecho y lo que se intenta. Un abrazo.