En Alemania, el exministro de Asuntos Axteriores socialdemócrata Sigmar Gabriel ha lamentado que «hayamos minusvalorado el papel del Estado durante 30 años», y predice que la generación por venir será mucho menos ingenua respecto a la globalización.
Es claro que las grandes empresas no son indispensables para el progreso y el desarrollo de la humanidad. Generan riqueza material, sí, pero son un vehículo de concentración de la riqueza en pocas manos, a costa de los recursos de todo los ciudadanos, y además, no generan bienestar ni protegen la vida esencialmente, eso solo lo pueden hacer los Estados. Las empresas son deseables, pero el Estado, su función y poder, es indispensable para la vida y para el futuro.
Las empresas, grandes y gigantes, se salvan a sí mismas, a sus accionistas, pero para salvar a sus empleados, como las pequeñas y medianas empresas, requieren del Estado. Entonces, ¿por qué debe mantenerse la farsa de un libre mercado que es libre solo hasta que necesita que el Estado lo salve?
En Italia, el exprimer ministro Mateo Renzi ha convocado ya una comisión oficial sobre el futuro. En Hong Kong alguien ha pintado un grafiti en el que se lee: «No puede haber retorno a la normalidad porque la normalidad era el problema de origen».
En Reino Unido, el debate permanece anclado en una cierta insularidad. La dirección laborista saliente buscó, desde un principio, reivindicar la necesaria, evidente, rehabilitación del Estado y los empleados públicos. La definición de servicio público se ha ampliado hasta incluir a los repartidores o a los tenderos más humildes. Es más, ser «una nación de tenderos», aquel insulto con el que Napoleón ultrajó una vez al país, ha dejado de considerarse algo peyorativo.
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