Siempre he entendido el periodismo como una vocación, no como un arte o una ciencia aunque eche mano por herramientas de las dos lides. Y como vocación tiene una razón muy conectada con el corazón y el alma, una cabeza ligada con las emociones y con los más profundo del ser.
Y como cualquier producto de esta combinación humana no puede calificarse de objetivo, no puede abanderar lo que no es natural en la esencia del ser subjetivo que imagina al periodismo, que vive los hechos y que desea narrarlos en un momento, situación y estado psicológico específico, temporal y personal.
La objetividad como eje ético del periodista y su periodismo es ante todo una utopia inhumana, es un eslogan comercial para vender marca de medios a las audiencias, es un deseo como volar sin alas y una promesa populista eterna.
Los periodistas somos seres humanos que hablamos sobre hechos con protagonistas humanos que afectan para bien o para mal a otros humanos, y que vivimos en un contexto en el que el bien y el mal no son fórmulas exactas ni resultados de una matemática deontológica.
Lo que es bueno para quien envía una granada no lo es para quien la ve explotando en casa de su hermano, y detrás de ese hecho hay una historia con la que puede verse identificado el periodista, su deber será comprobar su veracidad y dar pruebas que respalden su sesgo, no maquillar la realidad para neutralizar su crudeza o infamia, y equilibrar la opinión de la audiencia hacia los protagonistas.
Dejo aquí reflexiones al respecto de Kapuscinski y Javier Dario Restrepo, señores periodistas y maestros de la ética periodística que no pierden vigencia en tanto los hechos no dejan de parecerse en la tramoya humana.
La objetividad no es real***
La objetividad entendida como versión periodística que coincide exactamente con la realidad, nunca es posible porque siempre habrá diferencias entre lo que el ser humano puede conocer y la realidad.
Los filósofos siempre han visto con claridad que sólo conocemos las apariencias de la realidad y el periodista ha de saber, por tanto, que todas sus verdades son incompletas y provisionales.
Cabe esperar el periodista, en cambio, que sea honesto, es decir, que comunique la totalidad de lo que conoce, que no oculte los hechos o parte de ellos por interés, miedo o negligencia, que no desfigure los hechos magnificándolos, reduciéndolos o trivializándolos y que siempre ponga al servicio de ese conocimiento lo mejor de sí mismo y de los instrumentos que la profesión le ofrece para investigar y comunicar lo investigado.
En la práctica, el periodista no se preocupa tanto por la objetividad, como por el control de su subjetividad y por conocer los hechos de la manera más completa a pesar de sus limitaciones. Esto supone un intenso empeño profesional para abarcar tanto el hecho como el proceso dentro del que se da, y la humildad para reconocer que la del periodista no es una última y definitiva palabra sobre los hechos.
Documentación*
El fin no es ser objetivo más aún ser objetivo podría convertirse en un obstáculo. Kapuscinski reflexionaba sobre el asunto en diálogo con el reportero mexicano en 1987 con Gilberto Meza: «no creo en el periodismo que se llama a sí mismo impasible, tampoco en la objetividad, en su sentido formal. El periodista no puede ser un testigo impasible, debe tener eso que en sicología se llama empatía. Algunos no se sienten vinculados o comprometidos, o les parece que la del periodismo es una vida muy peligrosa. Por eso el llamado periodismo objetivo, desapasionado, no puede existir en situaciones de conflicto. Lo que quiero decir es que por tratar de ser objetivo, en realidad se desinforma.» Es el momento de revisar, pues, la idea que durante mucho tiempo tuvimos de la objetividad como un ancla, que nos agarraba a la realidad a pesar de las aguas tormentosas de la subjetividad.
A Kapuscinski le preocupa más la desinformación en nombre de la objetividad que la pérdida de objetividad al fin y al cabo uno es objetivo, no por ser objetivo, sino para informar. «Anterior a cualquier discusión sobre objetividad y subjetividad, está el hecho de la información exacta. El endemoniado ritmo de cadena industrial de producción que se le impone a la redacción, agrega Kapuscinski recordando sus propias experiencias, «deja a los periodistas muy poco tiempo para juntar la información resolver las cosas en poco tiempo conduce a la superficialidad y la falsedad.»
De un recuerdo de Ruanda extrae otra observación: «durante la matanza de 1994 noté que muchos periodistas de tan conectados con la redacción por teléfono y correo electrónico, no veían lo que pasaba en el lugar.» Y de una conversación con un equipo de televisión de alguna cadena de Estados Unidos, recordó la desconcertante respuesta: «¿Qué pueden exigir de mí, si en una sola semana he filmado en cinco países de tres continentes?». En efecto, en dos días, el reportero de noticias industrializadas cree tener elementos suficientes para informar sobre un país, o sobre sus más graves problemas. Este es el contexto en que Kapuscinski destaca una forma de aproximación a la verdad en la que se debe dar el equilibrio entre lo subjetivo y lo objetivo y que permite hacer frente a las presiones empresariales que pretenden convertir la noticia en mercancía y al periodista en cómplice activo de esa degradación y engaño.
Kapuscinski, el reportero de vocación, el historiador de facto**
*Javier Darío Restrepo: La objetividad según Kapuscinski.
La Niebla y la Brújula. Random House, Mondadori, 2008 pp. 102-103.
**TESIS DOCTORAL, El Sha o la desmesura del poder de Ryszard Kapuściński.
Análisis literario del totalitarismo. Juan Redondo Justo, Madrid, 2018
***Otras fuentes: ¿Hasta que punto es posible la objetividad en periodismo?