Todos los días, muchas, demasiadas veces al día, se escucha esta queja. La dicen, la decimos, la repite todo el mundo en esta ciudad que abre los brazos sin cansancio a todo el que de buena o mala gana viena a ella. Luego del «Bogotá esta inmamable, invivible, impasable…» el dedo acusador lingual se dirige hacia el Alcalde, hacia el mesías de turno que debería salvar la jornada, el día, la vía, el paso de cada uno de los que habitan, comen, ganan, defecan, duermen y amanecen en la Capital de este país de quejumbrosos, pero malos lectores y votantes.
«Es que el hueco, es que el pico y placa, es que el bus, el Sitp, el Transmi… todo es una porquería. ¡¡¡Bogotá apesta!!!». En coro, todos, el mismo verso en medio del trancón, todos los días a las horas pico, que ahora son de dos tandas de 5 horas. Repetimos el coro catártico en nuestra rutina diaria de ir y venir a las mismas horas, a hacer cosas diferentes en lo posible de la misma forma.
Ahora, una pregunta de rutina. ¿Cómo sería un gran edificio donde se construyeran tantos ascensores como fuera necesario para evitar que haya «trancón» en las horas pico y así la gente fuera más eficiente en sus desplazamientos y trabajara más tiempo? ¿20, 50, 100 ascensores? ¿Cuánto costaría en cuota de administración su mantenimiento? Sería imposible. No cabrían las oficinas en ese edificio, además sería impagable su costo. Entonces la solución no está en más ascensores, o más vías en el caso de la ciudad. No está en que todos podamos tener nuestro ascensor privado, o que nuestro carro vaya sin restricción. Sigue leyendo