Al principio fueron 4. Quedaron tirados en una zanja; dijeron que como que eran ladrones… Pero una muchacha y una viejita que abrazaban a uno de los muertos decían que Antonio trabajaba en los potreros de la otra vereda, que ni un huevo se había robado nunca.
A las semanas fueron 8, los dejaron amontonados en un lote a las afueras, unos dijeron que de esos muertos 3 habían sido guerrilleros… Lejos, hubo gente que exhaló con fuerza y dijo que el que la hace la paga, mientras chirriaba el cuero del sillón bajo el peso de su terso culo.
Luego, en días, fueron 16, y ya se decía que era venganza, y que si estaban ahí tirados -tiradas 3 mujeres- es que algo debían; esto lo bufaban los de lejos. Esta vez lloraban algunos niños sobre dos de los cuerpos pegachentos de sangre, mientras, una matrona rechonchita apenas podía levantar el brazo para sacudir un trapo que espantaba el calor y las moscas, repetía de varias formas que anita solo salió «po’l aceite».
Luego fueron 30, en fila, bocabajo, decúbito supino anotarían rigurosos los uniformados de blanco con un CTI estampado en la espalda. Mujeres, hombres, un par de parejas de abuelos, unos muchachos y algunas niñas, todos con la base del cerebro bolado, ordenaditos, ocupando la cancha de micro al lado de la tienda de Marcos, que ahora ya no trabajaría nunca más, pero de seguro eso no era su preocupación última, lo que podía leerse en sus ojos vidriosos, espectrales, mientras le llegaba su turno de ser empacado por los investigadores que le tomaban las huellas.
Chucho miraba desde lejos, no desde la distancia en la que están los que bufan, altivos, justificaciones por hora nalga a kilómetros, sino a unos metros, acurrucado al lado de las astas de hierro, duras y rígidas, como ya estaban las piernas de Marlén, su hermanita que esperaba ahí botada, con la moña roja todavía enredada en el masacote de pelo y coágulos; estaban jugando cuando llegaron los verdugos con su papá a rastras, y con el vecino, y con doña Rosa, y con Mario, el hijo, y con otro, y otra… y les gritaban, y les pegaban, y los iban enfilando; chucho había corrido al árbol de flores amarillas donde se escondía siempre, no sabía por qué pasaba esto y el miedo apenas lo había dejado respirar, lo había paralizado entre las ramas, y escuchaba los gritos y los quejidos, los golpes y los tiros, y luego el silencio del amanecer, del frío de los muertos… de sus muertos.
Ahora, miraba, pero ya sin miedo, sin frío, sin vida, solo sentía un fuego raro, incómodo, creciente en su barriga, en su cuello hasta la cabeza, no estaba triste, sentía que quería correr con toda su fuerza hacia la calle por donde se fueron esos demonios y hacer como esa otra vez, cuando lo mordió el perro de Don Hernando, y después, con ese mismo fuego en la barriga, desde el árbol de flores amarillas, una tarde, lo cogió a piedra hasta que se le quitó la rabia. Por ahora, lejos, muy lejos, casi en otro mundo, alguien veía a su papá y su hermanita por la pantalla, bultos pálidos entre otros, mientras sentía alivio porque la de adentro dejó la casa limpia sin dañarle nada. Ya es hora el almuerzo.
